Pero desde luego,donde no hay debate y es algo objetivo, son los datos que rodean a una ciudad acorralada por el poder local, que se instauró en la ciudad desde hace muchos años, en los que dejan muy claro el retroceso social y económico de una ciudad históricamente pujante y dinámica.
Santander está secuestrada por un poder que ha instaurado una foto inmóvil, impasible al tiempo, a los cambios, a la competencia global, que está llevando a la muerte paulatina de una ciudad que reúne todas los recursos y condiciones para liderar un modelo de ciudad que nazca de las propias realidades de los ciudadanos y la coloque en la modernidad, vanguardismo y en el bienestar social, ambiental y económico.
La falta de un proyecto de ciudad que se plasme en un modelo participativo y constructivo recae en la falta de un liderazgo político que la ciudad viene arrastrando desde hace muchos años. Llevamos arrastrando la persecuación de convertir a Santander en una simple ciudad de postal, bonita, agradable para veranear, olvidando a los ciudadanos que convivimos aquí, que tenemos que estudiar, trabajar y desarrollar nuestra vida personal y social en la ciudad en la que nacimos.
El resultado de la falta de liderazgo político nos ha llevado a una ciudad gris, carente de competencia, de dinamismo, de protagonismo, anclada en su historia que abandona la necesidad de escribir su futuro. Una ciudad que pierde jóvenes, que echa a los mayores, que no hay oportunidades para desarrollar tu vida laboral y social, donde no existe atractivos culturales, donde emanciparte es sinómimo de exiliarte a otros municipios. No es la ciudad en la que creo.
Creo por tanto en la necesidad imperiosa de un cambio social y político que dé un giro estratégico y de fondo a una ciudad que lo necesita y que permita a los santanderinos quedarnos en la ciudad que nacimos y crecimos.

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